Textos. Pablo Valle. Crónicas fotográficas
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EL RÉCORD DE LAS CEIBAS

  Si no fuera que el pequeño pueblo de Las Ceibas se encontraba perdido en medio de los llanos venezolanos con toda seguridad figuraría en el Libro Guinness. Las Ceibas tenía un curioso récord, casi la totalidad de sus habitantes utilizaban gafas. Para contar a todos aquellos que no las usaban, a una persona le bastaban los dedos de las manos y le sobraban los de sus pies.

  El uso de anteojos se impuso con la llegada del primer médico estable al pueblo. El galeno llegó con un viejo aparato que pasaba música, cinco discos de salsa, un tablero de ajedrez y con tres grandes baúles llenos de lentes y marcos, que había recibido como indemnización en una clínica de Ciudad Guayana. 
 Una vez instalado en el consultorio, el doctor comenzó a ofrecer exámenes de ojos gratuitos. En la sala de espera los discos de salsa no paraban de girar. La mayoría de los pobladores de Las Ceibas jamás habían sido atendidos por un médico diplomado. Así fue que muchos de ellos aprovecharon los exámenes gratuitos para vivir la nueva experiencia.

  Toda aquella persona que accedía al examen de ojos era sometida a una dudosa inspección ocular, que incluía mirar a través de un sofisticado e inservible aparato, construido por el propio medico con un viejo binocular del ejército, una caja de plástico y un bombillo de veinticinco watts.

  También era obligatorio taparse un ojo y descifrar las minúsculas figuras que había en una lámina contra la pared, en la cual se habían descartado las letras y números debido a la gran cantidad de analfabetos. Por el tamaño de las figuras y la distancia en que estaba ubicada la lámina, ni el dueño de la más aguda visión podría pasar a la perfección dicha prueba. 

  Con los días, los diagnósticos de disfunción visual se fueron multiplicando sin ningún tipo de discriminación, al mismo tiempo que las ventas de anteojos iban abultando los bolsillos del médico. Excepto en un puñado de casos, el resto de los lentes no tenían aumento.

  En pocos meses la fisonomía de la mayoría de la población había cambiado. Niños, adultos y ancianos, todos veían la vida a través de gafas. El doctor agotó todos los lentes e inclusive llego a la desfachatez de vender los últimos marcos sin cristales.

  Una inesperada mañana dejó el consultorio y vendió su equipo de música al dueño del bar más concurrido del pueblo. Los cinco discos de salsa los repartió entre sus cinco amantes. Al atardecer abandonó la ciudad. Antes de partir dijo que regresaría en una semana.

 

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