Textos. Pablo Valle. Crónicas fotográficas
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El puteadero de San Pedro

San Pedro era un pequeño pueblo de la sierra que vivía una gran revolución desde el día que el más viajado de sus habitantes decidió traer dos mujeres de la costa y ponerlas a trabajar. Nadie lo sabía, pero con aquel suceso, el pueblo daba un paso del cual jamás podría regresar. Desde el momento en que llegaron las putas, San Pedro nunca más volvió a ser el mismo.

En un principio fueron los jóvenes quienes se atrevieron a buscar los oficios de las dos costeñas. Pero el tiempo fue borrando todo rasgo de timidez y hasta los casados y comprometidos comenzaron a frecuentar la casa de citas.

Las mujeres del pueblo no se quedaron de brazos cruzados viendo como sus hombres se descarriaban, enseguida elevaron sus quejas a la casa parroquial y al delegado del alcalde. Pero un juez de la ciudad de Loja dictaminó que el negocio estaba constituido según las leyes de comercio y cumplía con sus obligaciones tributarias. Por esa razón podía continuar ofreciendo sus servicios.

A medida que la clientela crecía, el prostíbulo aumentaba su planta de trabajadoras. Así llegaron dos chicas del oriente, otra costeña y hasta una peruana que podía hacerse pasar por colombiana si la situación lo requería.

En el puteadero no existían las clases sociales. Las amables trabajadoras repartían besos y caricias sin hacer ningún tipo de distinción. Pobres y ricos después de pagar lo mismo, gozaban por igual.

 


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